domingo, 12 de marzo de 2017


Día internacional de la mujer y la niña en la ciencia

La ciencia y la igualdad de género son vitales para realizar los Objetivos de Desarrollo Sostenible, incluidos en la Agenda 2030 de Naciones Unidas.

TEXTO POR CRISTINA ESCANDÓN 

ILUSTRADO POR 
BÁRBARA PULIGA

En los últimos 15 años, la comunidad internacional ha hecho un gran esfuerzo inspirando y promoviendo la participación de las mujeres y las niñas en la ciencia. Lamentablemente, seguimos enfrentándonos a barreras que nos impiden participar plenamente en esta disciplina.
De acuerdo con un estudio realizado en 14 países, la probabilidad de que las estudiantes terminen una licenciatura, una maestría y un doctorado en alguna materia relacionada con la ciencia es del 18%, 8% y 2%, respectivamente, mientras que la probabilidad para los estudiantes masculinos es del 37%, 18% y 6%.
Esto es inaceptable.

Por ello, desde Principia hemos decidido sumarnos a los eventos que se desarrollarán con motivo del día internacional de la mujer y la niña en la ciencia el próximo 11 de febrero

¿Por qué hemos decidido hacerlo?
Para sensibilizar, concienciar, llamar la atención, señalar que existe un problema sin resolver, un asunto importante y pendiente en las sociedades para que, a través de esa sensibilización, los gobiernos y los estados actúen y tomen medidas o para que los ciudadanos lo exijan a sus representantes. 

Por todo eso y porque Principia es una plataforma reivindicativa, y entre sus principales reivindicaciones está la de la igualdad de género y la difusión del papel de las mujeres en la ciencia.

Desde el inicio del proyecto comenzamos a publicar una serie de artículos sobre mujeres de ciencia de la mano de Patricia Rodríguez (@_Argi_). De ahí surgió la sección homónima «Mujeres de ciencia», en la que de forma periódica tratamos de publicar contenido original basado en las inspiradoras historias que muchas de las grandes científicas, pioneras, nos dejaron y que conviene recordarlas.


Y aunque algunas son bastante famosas, otras son perfectas desconocidas para el público en general, lo que en muchas ocasiones genera vacíos en la historia del conocimiento, del avance de nuestra sociedad, y – lo que es peor- ocasiona vacíos en la memoria de quienes andamos por ese mundo preguntándonos cómo hemos llegado hasta aquí. 








































Ignacio Mártil
Catedrático de Electrónica. Universidad Complutense de Madrid
Pocos dispositivos han transformado los hábitos de vida cotidiana como lo ha hecho el teléfono móvil en la última década. Además de realizar la operación para la que inicialmente fueron concebidos, es decir, hacer llamadas de teléfono, con la tecnología inalámbrica actual se puede navegar por Internet, enviar y recibir correo electrónico, jugar a juegos de vídeo, realizar fotos con excelentes cámaras digitales que van incorporadas en casi todos ellos, efectuar cálculos, localizar una posición mediante GPS, escuchar música, etc. Todas estas operaciones se realizan con un dispositivo que pesa poca más de 100 gr., cabe en la palma de la mano y cuesta entre 100 y 800 euros, dependiendo de sus prestaciones.
¿Cómo ha sido posible llegar a este grado de desarrollo tan asombroso?
Un sistema de telefonía móvil consta de dos partes: el teléfono o terminal y la red de comunicaciones que permite la interconexión entre ellos. En este artículo repasaré brevemente la historia de esta tecnología, describiré el propio teléfono, cómo es su estructura interna, cuáles son sus propiedades esenciales y finalizaré con la situación actual del mercado de la telefonía móvil. Posteriormente, en otro artículo, analizaré el funcionamiento de las redes de telefonía móvil.
1.      Una breve historia de la telefonía móvil

Desde el punto de vista histórico, la tecnología móvil es muy reciente, ya que el primer teléfono que puede calificarse de móvil se fabricó durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el ejército de los EEUU resolvió el problema de las comunicaciones a distancia sin hilos mediante el equipo Handie Talkie H12-16. Estos equipos se emplearon también para comunicaciones civiles a finales de los años 40, comercializados por la Bell Telephone, aunque de móviles tenían únicamente el nombre, ya que eran enormes y pesados por lo que su uso estaba prácticamente limitado para llevarlos en automóviles.

El primer teléfono móvil propiamente dicho es del año 1984, cuando Motorola presentó oficialmente el DynaTAC 8000X. El teléfono pesaba cerca de 1 kg, tenía un tamaño de 33 x 4,5 x 9 centímetros y su batería duraba ocho horas en espera o una hora de comunicación. El tiempo de recarga de la batería era de 10 horas y costaba 4.000 $ de 1984 (~10.000 € de 2016). A pesar del coste tan elevado, se vendieron cerca de 300.000 unidades en menos de un año.



Motorola Dyna TAC 8000x, con su diseñador, Martin Cooper.

Durante los años 90, la tecnología evolucionó muy rápidamente y en poco tiempo los teléfonos móviles aumentaron espectacularmente sus prestaciones, al mismo tiempo que se redujo su tamaño y peso. De esos años es uno de los móviles más célebres, también de Motorola, el Micro TAC, que incorporó un diseño innovador, mediante el cual el altavoz se recogía sobre el teclado.
Entre finales de los años 90 y el comienzo del siglo XXI, el dominio del mercado correspondió al fabricante finlandés Nokia, que llegó casi a monopolizar el mercado de los móviles baratos y de reducido tamaño durante más de una década. Uno de sus productos más populares y vendidos fue el Nokia 3210, que se muestra en la siguiente figura junto con el Motorola Micro TAC y el primer iPhone:


Izquierda: Motorola Micro TAC, el dominador de la telefonía móvil de los años 90. Centro: Nokia 3210. Derecha: el primer iPhone

Simultáneamente al éxito arrollador de Nokia, aparecieron en el mercado una multitud de nuevos fabricantes: Blackberry, Samsung, Sony Ericsson, HTC, Alcatel, LG, etc.

La auténtica novedad del sector llegó el 9 de enero de 2007, hace ahora diez años, cuando Steve Jobs presentó el iPhone, un terminal que revolucionó por completo la industria de las telecomunicaciones, inaugurando la era de los teléfonos inteligentes (smartphones) [1]. El dispositivo contaba con una pantalla táctil de 3,5 pulgadas que cubría todo el frontal del terminal, diseño que ha inspirado la práctica totalidad de los modelos posteriores y que ha llegado hasta nuestros días, ya que casi todos los teléfonos móviles que se comercializan en la actualidad reproducen la idea del iPhone original.


Este es el vídeo (en inglés, con subtítulos en castellano, que hay que activar) de la presentación que hizo Steve Jobs el 9 de enero de 2007:

Con diez años de perspectiva, quizás lo más notable del iPhone es el hecho de que el modelo original era conceptualmente perfecto. Los automóviles tuvieron que evolucionar durante casi 40 años hasta que se fabricaron en la configuración que conocemos hoy. En su primer intento, Apple logró encontrar la encarnación perfecta del smartphone moderno, la forma estándar del teléfono inteligente tal y como la conocemos hoy en día.

La llegada del primer iPhone marcó una frontera nítida: en la actualidad, no es sólo que casi todos los adultos en el mundo desarrollado tengan un teléfono inteligente en el bolsillo; es que en la actualidad, casi todos los adultos en el mundo desarrollado tienen un ordenador personal en el bolsillo.

La llegada de los smartphones supuso la práctica desaparición de los dominadores del mercado de los años anteriores: Motorola fue adquirida por el fabricante asiático Lenovo, Blackberry prácticamente ha dejado de existir, Nokia continúa sin levantar cabeza, etc.


Los smartphones, dispositivos táctiles con la pantalla ocupando todo el frontal, han revertido la tendencia en la reducción del tamaño, debido a que incorporan pantallas que los hacen parecer ordenadores en miniatura, tal y como muestra la siguiente figura:

Evolución del tamaño de los teléfonos móviles desde la aparición del Dyna TAC 8000x, hasta nuestros días

2.     Dentro de un teléfono móvil

Un teléfono móvil incorpora en su reducido espacio un altavoz compacto, un micrófono, un teclado, una pantalla de visualización, una antena (que en los móviles actuales ya no se ve) y una placa base que incorpora numerosos circuitos integrados, microprocesadores que hacen de cada teléfono un ordenador en miniatura. Cuando se conecta a una red inalámbrica, este conjunto compacto de tecnologías permite hacer llamadas telefónicas o intercambiar datos con otros teléfonos y ordenadores de todo el mundo. Los componentes funcionan con un consumo de energía eléctrica mínimo, de manera tan eficiente que una minúscula batería puede alimentar el teléfono durante 24-72 horas, en promedio.

De todos esos componentes, el que hace posible obtener las prestaciones tan asombrosas que tiene es la placa base, donde se insertan los microprocesadores que hacen posible realizar todas las funciones señaladas. Con toda seguridad, el gran número de circuitos integrados incorporados en un espacio tan reducido es el principal avance tecnológico que incorpora el teléfono móvil. En la imagen siguiente se puede ver el anverso y el reverso de la placa base de uno de los móviles de mayor éxito comercial en el mundo, desde que se presentó en el mercado en marzo de 2013: el Samsung Galaxy S4. Los dispositivos posteriores a este modelo disponen de procesadores más rápidos y con mayor capacidad, pero la estructura y disposición de componentes es muy similar a la mostrada en la imagen:


Imagen del anverso (superior) y el reverso (inferior) de la placa base de un teléfono Samsung Galaxy S4. Los cuadrados rebordeados en diferentes colores son los distintos microprocesadores (circuitos integrados) que incorpora. En la parte izquierda de la imagen se identifica el fabricante de cada microprocesador y la función que desempeñan. Fuente: Inside the Samsung Galaxy S4 Smartphone.


 El corazón del teléfono móvil son los circuitos integrados que hacen posible realizar todas y cada una de las funciones descritas en el párrafo anterior; entre ellos destaca el procesador (Samsung Eynos 5410), que es la unidad de control del dispositivo, lo que en los ordenadores portátiles y de sobremesa se denomina la CPU (Control Process Unit), se aprecian también los chips de memoria, los dispositivos que controlan las señales de audio y vídeo, etc. Todos y cada uno de esos chips son circuitos integrados que incorporan en su interior cientos e incluso miles de millones de transistores, fabricados mediante las tecnologías microelectrónicas que se usan para la fabricación de los microprocesadores de los ordenadores personales, de la tecnología aeronáutica o de defensa.
La tecnología de los teléfonos móviles constituye hoy en día el principal impulsor de la industria electrónica, papel que desempeñó en otros tiempos la industria militar con sus sistemas de armas tales como radar, misiles, sistemas de visión nocturna, etc.
Uno de los aspectos singulares que llama la atención de la imagen anterior es que en un mismo teléfono están incluidos chips de marcas que rivalizan en el mercado mundial: Samsung e Intel compiten en el mercado de los circuitos integrados (Intel es el primer fabricante, Samsung el segundo), lo cual pone de relieve una característica de esta industria: la rivalidad entre marcas, unida a la colaboración en determinadas áreas tecnológicas.
Asombra que tal concentración de alta tecnología tenga unos precios más o menos asequibles, lo que se debe a la gigantesca economía de escala que genera la industria de la telefonía móvil. El año pasado 2016, las diez primeras empresas del sector facturaron por valor de más de 1.200 millones de euros.

3. La industria del teléfono móvil en la actualidad
El mercado del teléfono móvil está dominado por dos grandes fabricantes: Apple y Samsung, seguidos cada vez más de cerca por fabricantes chinos como Huawei, Lenovo y Xiaomi. El futuro de una tecnología que evoluciona tan rápidamente es imprevisible. Ya están en el mercado los teléfonos con protocolo de comunicaciones 4G y la tecnología 5G estará en el mercado en muy pocos años. La tabla muestra como fue el reparto de la “tarta” del mercado mundial en 2015:

Cuota de mercado de los diez primeros fabricantes de teléfonos móviles en 2015. Lenovo adquirió Motorola a principios de 2014 a su anterior propietario, Google. TCL-Alcatel fue creada en agosto de 2004 como una alianza comercial (joint venture) entre Alcatel-Lucent de Francia y TCL Mobile Limited de China.

La evolución de la tecnología microelectrónica ha sido vertiginosa en las tres últimas décadas. Lo que a comienzos de los años 80 era una curiosidad tecnológica, con un futuro más que incierto, se ha convertido en una realidad que ha modificado nuestros hábitos de vida cotidiana. Al finales de 2016, se estimaba que en el mundo había ya tantos móviles como habitantes tiene el planeta, con un número de smartphones cercano a los 4.000 millones de unidades y las previsiones para 2020 sitúan la cifra de líneas móviles cerca de los 9.000 millones. En la práctica totalidad el planeta, el teléfono móvil se ha convertido en un objeto de uso cotidiano, tan presente como el automóvil e incluso más.
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[1] En el acto de presentación del iPhone, el día 9 de enero de 2007, Steve Jobs pronunció estas palabras: “Así que, tres cosas: un iPod de pantalla ancha con controles táctiles, un revolucionario teléfono móvil y un innovador dispositivo de comunicaciones por Internet. Un iPod, un teléfono y un comunicador de Internet. Un iPod, un teléfono ¿lo tienen? Estos no son tres dispositivos separados, ¡este es un único dispositivo!, y lo llamamos iPhone



08/27/2014

EL CONFLICTO ENTRE CULTURA E INTELIGENCIA PERSISTE. SIN EMBARGO, LA OBRA Y AUN LA VIDA DE SAMUEL BECKETT PODRÍAN AYUDARNOS A RESOLVERLO



“Ser culto” y “ser inteligente” se consideran estados distintos del intelecto. Uno se refiere a la “cultura” que posee una persona y el otro tiene connotaciones un tanto más científicas, como una característica casi fisiológica que puede medirse y cuantificarse.

Así, alguien es culto por los libros que ha leído y recuerda, por la calidad de su vocabulario, por las películas que ha visto e incluso por los viajes que ha realizado. Culto es aquel que se ha cultivado, como un campo, para obtener para sí los mejores frutos de la civilización. 

Desde una perspectiva en la que se combinan los proyectos más ambiciosos de Occidente —de los valores de la antigüedad clásica al humanismo del Renacimiento, el cristianismo y la Ilustración—, una persona culta también es compasiva, empática, solidaria, amable y quizá hasta sabia. En pocas palabras, hay toda una corriente de pensamiento que ha defendido que el ser humano se vuelve tal sólo gracias a la cultura.

La inteligencia, por otro lado, se ha pensado y estudiado sobre todo como una cualidad inherente al hombre como especie. Nuestra inteligencia es resultado de la evolución y, por lo mismo, todos los individuos la tienen. Desde un punto de vista científico, la inteligencia explica que seamos capaces de leer o ver una película, pero también sumar o restar cantidades, y que podamos manejar un automóvil o atrapar una pelota.

Curiosamente, por razones que no son del todo claras pero quizá se expliquen por el clasismo de ciertas sociedades, en ciertas circunstancias la cultura y la inteligencia pueden aparecer enfrentadas. Dado que la cultura se convirtió en un bien asociado a las clases privilegiadas —la nobleza o la burguesía, por ejemplo—, también se ha utilizado como una suerte de discriminador, una forma de distinguir entre una persona que tuvo acceso a dicha cultura —a ciertos libros, ciertas escuelas, ciertos viajes— y otra que no. Cuando la cultura se usa de esa manera, es previsible que se convierta en una categoría deleznable.

De ahí que surja entonces el “ser inteligente” como una especie de defensa: quizá no todos seamos cultos, pero indudablemente todos somos inteligentes. Para algunos no tener cultura se compensa con el hecho de, por ejemplo, poder resolver problemas con facilidad, o vivir con sencillez, sin crearse esos laberintos absurdos en los que a veces se mete la gente culta.

Sólo que ninguna categoría es mejor que otra. 

Desafortunadamente, es cierto que tanto la cultura como la inteligencia están relacionadas con la desigualdad inevitable del sistema de producción hegemónico. La desnutrición, por ejemplo, tiene efectos sobre el desarrollo cognitivo de un niño, y sabemos bien que hay sociedades más desnutridas que otras. Igualmente la cultura, a pesar de todos sus sueños humanistas, se ha convertido en un producto de consumo, lo cual provoca que surja y se destine a personas que puedan adquirirla.

Quizá por eso hay un punto en el que ser inteligente parezca más atractivo que ser culto. ¿Para qué cultivarse, si la cultura también sirve para humillar y diferenciar? ¿Para qué cultivarse si, con eso, también se alimenta esa maquinaria despiadada de producción-consumo-deshecho? Conflictos en donde la cultura está involucrada y, por eso mismo, no parece probable que sea un camino para solucionarlos.

¿Y la inteligencia? Quizá ahí se encuentren otras posibilidades. A pesar del dicho de Proust —“Cada día atribuyo menos valor a la inteligencia”—, quizá la inteligencia sea ese salvoconducto que nos lleve fuera de las posturas falsas y los simulacros de la cultura contemporánea.

A propósito de este asunto, hace unos días Nicholas Lezard publicó en The Guardian un artículo en que habla de la diferencia entre la inteligencia y la intelectualidad a partir de Esperando a Godot, la célebre pieza de Samuel Beckett. Como sabemos, Esperando a Godot se considera uno de los mejores usos del absurdo dentro de la literatura, una obra revolucionaria tanto estética como culturalmente, pues retrató con frialdad el extremo del nihilismo al que había llegado la civilización europea del siglo XX.

Lezard recuerda la atracción que de inmediato sintió por Esperando a Godot, un ambiente que a pesar de su parquedad —o quizá debido a esta— de inmediato lo hizo sentir bien recibido, acaso no totalmente cómodo pero sí en un territorio inesperadamente familiar. “Desde la primera página estaba hipnotizado, sorprendido”, escribe Lezard, a quien la extrañeza de los diálogos beckettianos, simples y no tan simples al mismo tiempo, lo condujo a un territorio que imprevisiblemente no era del todo desconocido.

En breve, estaba enganchado. Ahí tenía a un autor que era irreverente, escatológico y sin embargo profundo; alguien completamente desinteresado en las convenciones de la literatura y sin embargo capaz, justo por medio del lenguaje, de mantener nuestra atención a pesar de que nada esté sucediendo. […] Y conforme descubrí detalles de su vida, primero por la biografía semi-autorizada de Deirdre Bair, me di cuenta de que no sólo su trabajo era ejemplar, sino también su vida. Ahí estaba alguien que se había purgado a sí mismo de vanidad, tanto la suya como la del mundo; un hombre de una integridad intachable, tanto en su obra como en su vida.

Con estos antecedentes, Lezard acepta que Beckett sea considerado un autor “intelectual”; “pero sospecho que es porque muchas personas no conocen la diferencia entre ser inteligente y ser intelectual”. ¿Y cuál es esa diferencia? Dice Lezard:
Más tarde descubrí que Beckett era, de hecho, furiosamente intelectual, pero que había dejado atrás la academia, aborrecido la oscuridad de la jerga y ciertamente no era el tipo de intelectual de posición a quien las televisoras piden su opinión.

Un guiño de inteligencia por parte de Beckett, parece decirnos Lizard. El gesto de tributar la cultura a la autenticidad para aceptar así que, a lo sumo, podremos responder dos o tres preguntas en la vida, poco más o poco menos, y será suficiente, y será más auténtico que todas esas preguntas que dicen responder las personas cultas y los intelectuales.





martes, 18 de octubre de 2016

Por qué al creador de la batería de litio no le gustan los teléfonos inteligentes

Tal vez nunca hayas oído hablar de John Goodenough, pero lo más probable es que tengas en tu casa -seguramente, dentro de tu celular o tu computadora portátil- uno de los acumuladores eléctricos que creó.
Su invento no le ha valido un Premio Nobel y aunque él dice que "no le preocupan los galardones", son muchos quienes creen que lo merecería.
Hoy tiene 94 años y es profesor de ingeniería mecánica en la Universidad de Texas en Austin, EE.UU.
Efectivamente, la batería de iones de litio que desarrolló Goodenough, y que comenzó a comercializarse en la década de los 90, domina el mercado de la energía portátil y está presente en la mayoría de los aparatos tecnológicos inteligentes que utilizamos.
Pero, aunque sus pilas se hayan vendido masivamente gracias a la telefonía móvil, Goodenough no es precisamente un fanático de estos aparatos. De hecho, ni si quiera tiene uno.

"No me molesten"
Entre las ventajas de la batería de litio destacan su durabilidad y responsabilidad con el medio ambiente, su densidad de energía y su ligereza. Y entre sus desventajas, el límite de cargas y la delicadeza en ausencia de oxígeno.

La tecnología es moralmente neutral.
 Lo que cuenta es lo que hacemos con ella.
John Goodenough

Tal y como ha sucedido con los teléfonos Galaxy Note 7 de Samsung, si este tipo de baterías se sobrecargan pueden llegar a explotar.


"Normalmente, cuando hay explosiones el problema reside en la batería original que utilizó el aparato. El electrolito que usaron es inorgánico, el cual es inflamable. Y si lo cargas (la batería es recargable) ese sobrecalentamiento causa la explosión", dijo Goodenough en el programa Today de la BBC.


Para el físico estadounidense, lo importante es "monitorear muy cuidadosamente" el funcionamiento de la batería y no cargar el celular demasiado rápido.
Aunque su consejo proviene del conocimiento y no de la propia experiencia.
Y es que si Goodenough no tiene un teléfono móvil es por principios.
"Tengo mi computadora en mi escritorio. Pero cuando llego a casa a la noche me gusta estar solo. No me gusta que me molesten más de lo necesario", explicó, entre risas.
"Satisfecho y feliz"
La batería de iones de litio está en todo lo que nos rodea y ha facilitado enormemente el desarrollo de muchos de los dispositivos electrónicos portátiles que usamos hoy en día.

Pero ¿cómo se siente Goodenough ante la idea de que su invento haya revolucionado nuestro mundo de tal forma?

"No pienso demasiado en ello, pero estoy muy satisfecho de haber creado algo para la gente de este mundo, especialmente cuando me doy cuenta de que una mujer de Bangladesh puede obtener ahora un precio decente por sus productos (gracias a la batería de litio)", explicó el científico.
"Para mí, permitir que personas en todo el mundo tengan acceso (a nuevas tecnologías) es muy gratificante y estoy muy feliz de que haya funcionado de la manera en que lo ha hecho", señaló.
Aunque, en lo que respecta a los celulares, el nonagenario no se muestra tan convencido.
"Veo a los estudiantes yendo de aquí para allá, presionando las teclas de esos pequeños aparatos (tabletas y cosas así) mientras hablan entre ellos. Y les veo saliendo a cenar y sin hablar con sus parejas, o hablando con alguien que está hablando con su teléfono. Y pienso: esa no es forma de vivir".


Sin embargo, aunque, paradójicamente, los celulares hayan sido posibles gracias a él, para Goodenough no hay contradicción alguna.

"La tecnología es moralmente neutral. Lo que cuenta es lo que hacemos con ella", sostiene.